Hay viajes en los que me fijo en los paisajes y en su belleza. Parece lo más lógico. Pero en otras ocasiones mi mirada se dirige hacia los mil rincones menos agraciados y que no llaman la atención, pero que están ahí y tienen vida propia, desde hace mucho tiempo. Nadie se fija en ellos y eso despierta mi curiosidad.
Se trata de pueblos medio abandonados o polígonos fríos y destartalados. Con sus calles y edificios, viejos y sucios. Pero ahí están. Tienen su historia y no es una historia de glamour. Por eso me gusta recogerlos con la cámara.